Desde
un punto de vista aritmético, geométrico por no decir tetrapléjico, la
principal diferencia entre un presidente y un panqueque se mantiene radicalmente fonética y ortográfica al momento de traducir estas palabras a la
extraña y sobre todo misteriosa lengua inglesa. Mientras que Presidente se
traduce como “prèsidènntt”, la palabra panqueque se traduce como “brèdwatwat”.
No hace falta un amplio uso de la razón para comprender que todo panqueque es,
muy en profundidad, nada más que un simple pan. Subsigue de esto que un
presidente jamás será comparable a un pan y por lo tanto a los ingredientes
correspondientes.
Por otra parte, me atrevo a criticar
un aspecto totalmente absurdo de la ley penal. Sin duda, una ley que nace del
profundo subdesarrollo del Chile en el que vivimos: La ley del Sándwich.
Grandiosa norma que obliga a la población de nuestro país a alimentarse
únicamente de emparedados. Sin embargo esta ley carece de un aspecto esencial
para poder aplicarse correctamente, al no definir el tamaño mínimo del pan en
proporción a los ingredientes correspondientes que este lleva. Surgió,
principalmente en los sectores más populares, una “solución” que permite burlar
dicha norma, de forma totalmente legal: Simplemente un par de migajas de pan
acompañan la comida, y esta son suficientes para llamar al plato
correspondiente “sándwich”.
Propongo la creación, o respectiva
modificación de la ley del Sándwich, con el fin de reglamentar no solo el
tamaño del pan, si no la cantidad de pan (en moles) que debe acompañar una
cierta cantidad de comida. También será necesario reglamentar las formas y
métodos correctos para ingerir la comida que deberá comerse únicamente con las
manos sin el uso de ningún servicio, herramienta o instrumento que facilite su
consumo. Salvo para personas discapacitadas que se vean obligadas a recurrir a
medios externos para poder alimentarse.
Acabáramos
por recordar que toda fuente de alimento es también una fuente de inspiración,
imparcial es el acuerdo matemático, filosófico e incluso histórico en cuanto a
las claras migajas y restos de mermelada encontrados en las duras tablas de
piedra recibidas de las manos de dios por un vagabundo hace más de dos mil
años. Termina así el imponente relato de la vida del ingenuo doctor Potasio.