Yo siempre había mirado esas calcomanías. Me
atraían sus formas, sus colores y sobretodo sus animales. Les inventaba
historias; la calcomanía de la medusa siempre era la mujer, se enamoraba del
tiburón pero la ballena se interponía en su amorío, estaba celosa. Así, aquellas figuritas me acompañaron mucho
tiempo, hasta en días de lluvia, cuando las gotitas escurrían al borde y
siempre me preocupaba de que se despegaran. Nunca ocurrió. Hasta el día de hoy
siguen ahí. Cuando las miro, siempre me adentro en un mar de recuerdos, con
nostalgia, extrañando esa inocencia compaginada con la piel, podía entender el
mundo a mí manera, podía haber seguido la historia de la medusa y el tiburón.
Un día, mi madre me trajo otra calcomanía, más cara
esta vez, tenía brillantinas y era más grande que las otras. El animal que
tenía era lo más hermoso que había visto jamás, una especie de delfín azul con
un cuerno de unicornio ( por ese entonces adoraba también aquellos animales
inexistentes ) y que ilustraba nadando gloriosamente en un fondo de mar oscuro.
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¿ Qué animal es ese mamá ? Es hermoso.
-
Se llama pez espada.
Pez espada. Su nombre calzaba a la perfección.
Probablemente era un pariente lejano del unicornio y que la mitología por una
razón desconocida no me lo había querido mostrar antes. Y así miraba al pez
espada, heroico en mi ventana, refregándome con melancolía que jamás lo iba a
conocer, puesto que yo pensaba que era mitológico, inexistente, ya que una
belleza tan grande no podía estar presente en el reino animal cotidiano.
La comida siempre fue algo que me agradó demasiado,
sobretodo el pescado. Gozaba comerlo con mucho jugo de limón y ensalada verde.
Mi papá había comenzado a trabajar en un restaurant, y traía a la casa mucho
pescado, así que comía como nunca antes.
-
Es raro este pescado… Tiene un sabor diferente,
pero es rico igual, dije masticando mi comida.
-
Es albacora, tiene una contextura diferente, quizá
sea eso, contestó mi papá.
Y así siguió trayendo aquél pescado, cocinándolo de
múltiples formas.
Me había comprado una imagen para colorear del pez
espada, lo pinté con mis acuarelas y lo miraba muy seguido.
Esa noche, estábamos cenando, se me había olvidado
que llevaba el dibujo conmigo y lo dejé sobre la mesa, aproveché entonces de
mostrárselo a mis papás.
-
Qué lindo, me dijieron
Me sentí orgullosa. Entonces seguí comiendo el
típico plato que ya comenzaba a cansarme un poco…
-
¿No cierto? Que pena que no existan animales así en
este mundo…
Mis padres se miraron atónitos.
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Pues… sí existe el pez espada querida, no es
mitológico ni nada por el estilo. De hecho…
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El pez espada y la albacora es lo mismo,
interrumpió mi papá.
No podía creerlo, miré mi plato con asco, llevaba
quizá cuanto tiempo comiéndome el animal que yo más admiraba, que creí
inexistente, que comparé su belleza con la de un unicornio para darme cuenta
que si existía y se servía como plato como tantos otros peces en el mar.
Me eché a llorar.
Y hasta el día de hoy no he vuelto a comer albacora
y sigo sintiendo alguna admiración a aquel extraño y hermoso pez, que pudo
hacerme creer que la belleza no solo está presente en la mitología, sino que
está en frente tuyo, como en un plato de pescado.