domingo, 11 de noviembre de 2012

Raíz por Natacha Leroy

A Martina le gustaba irse en el segundo asiento del bus. Le gustaba mirar por la ventana los árboles que pasaban dibujando figuras rápidas y abstractas, le gustaba mirar el sol en los días calurosos, pero sobretodo le gustaba soñar con los ojos abiertos. Martina estaba enamorada de un árbol. Casi siempre que mencionaba esto, sus amigas reían a carcajadas, claro está que no era usual en su grupo de amigas ni en ninguna niña de su edad amar a un árbol, pero ella lo amaba. Solía dibujarlo en su croquera, le ponía bonitos colores con sus crayones azules y morados, haciendo algo un poco fovista en el coloreado.

Su cabeza rebotaba mientras el bus escolar avanzaba por las largas calles en esas madrugadas en las que uno solamente quisiera quedarse mirando las nubes. Claro que Martina lo hacía en su trayecto, ningún segundo desperdiciado en su onírico viaje a través del espejo de vidrio.

Las vacaciones llegaron. Martina se quedaba sola en su casa ya que papá y mamá trabajaban en una larga jornada, solamente estaba su nana quién veía teleseries todo el día y se robaba a su gato para estrujarlo como una esponja. Decidió un día de un sol enorme, con nubes dibujando pequeños animales volátiles y dulces, ir a visitar el preciado árbol, pero no le dijo a nadie para que no se burlasen de su amor secreto.

Caminó un largo tiempo por diversas calles, intentando recordar el trayecto del furgón, creía que iba por buen camino así que apuró el paso radiante de energía, sonriéndole al cielo y al pasto verde que solía mirarla. Se estaba poniendo de noche y Martina no encontraba el árbol. Decidió preguntarle a un señor calvo que parecía simpático. Disculpe señor, ¿sabe usted dónde está el árbol más bonito del mundo? El hombre la miró con aire sorprendido y soltó una risa que le retumbó a Martina en sus redondas mejillas. ¿El árbol más bonito del mundo? Pero niña, sí mira todos esos árboles de la calle, puedo escoger cualquiera, son todos iguales… Martina tenía lágrimas en los ojos, ella sabía que no era así e insistió al caballero el cual se estaba comenzando a hartar de la pequeña. La noche apareció junto con el paso del señor que se alejaba lentamente luego de sentirse muy fastidiado y sin responder la pregunta de la niña…

Martina no sabía donde estaba, ella quería ver al árbol, quería tener una oportunidad de abrazarlo o verlo de cerca, que no fuese por su ventana del segundo asiento del bus. Le comenzó a dar sueño y se recostó en el pasto mullido que amablemente la acogió. Al día siguiente, Martina sintió dentro de ella un líquido espeso, un calor estremecedor y una rigidez increíble. Abrió los ojos y vio la calle desde más altura. Se pellizcó el brazo, salió savia. Era un árbol.


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