Transantiago. Sistema de transporte público de Santiago.
Micros que no paran, mil y un quejas, subidas de tarifas, empujones, no meta la
mano, sardinas a la hora de salir del trabajo, el infaltable grito ¡la puerta!
Pese a todos estos inconvenientes, me gusta andar en micro. Entre tantos
destinos diferentes y un mismo recorrido, entre aburrimiento y curiosidad, las
miradas se cruzan. Es como si los ojos jugaran a las escondidas y la micro se
transforma en el palacio de las miradas furtivas. Se me escapan las sonrisas
cuando logro pillar a algún pasajero mirando el poto de algún otro, o la ropa,
o leyendo sigilosamente lo que lee él de al lado. Otros, para evitar la
vergüenza o simplemente para librarse a la metafísica, prefieren la mirada de
la ventana. En este palacio, otros, cansados, duermen. Y todo cuerpo va al
mismo ritmo, el va y viene de la ruta, despiertos y durmiendo, todos bailan. A excepción de la señora que se dedica a tapar
el paso. Imponente roca, soldado raso, esta señora se para en la mitad del
pasillo y no deja pasar a nadie. No le importa si la micro esta rebalsando, no,
ella se asegura un lugar estratégico, y no se mueve. Nadie puede con ella,
excepto quizás otra de su tipo. Lucha de titanes. Si logras milagrosamente
vencer al gigante, llegas al fondo de la micro. Todo un antro, ese final. Bar
de artistas, nunca faltan los graffitis y el obrero que infraganti, abre una
cerveza. Puede también que no hayas tenido la suerte de llegar al final donde
se respira, y quedaste atrapado en la mitad del troncal. Si es el caso, puedes
conocer esos personajes que interrumpen el viaje con parche curitas, dulces,
lápices, inciensos, cremas, calendarios, en fin, todo artículo suntuario
imaginable. A veces el encuentro es más alegre, y la micro es ahora un
escenario de artistas emergentes. Imitadores, payasos, mimos, músicos. Cruzo
los dedos para que reciban la recompensa que merecen por un día nómada, una
moneda a veces y quizás una simple sonrisa. La micro es todo un mundo, que de
andar en auto no tendría como conocer. Y cada día el primer suspiro se escapa
cuando llego al paradero, cuando el cemento de la calzada ya es casi invisible,
y como un frondoso bosque solo veo piernas.
Este blog esta dedicado para crear un "Espacio Literario" donde se puedan subir textos y que los otros los puedan comentar para ir forjando nuevos autores y perfeccionar sus cualidades.
domingo, 23 de diciembre de 2012
lunes, 17 de diciembre de 2012
Ocho
¿Te
acuerdas de nosotros dos? Fuimos jóvenes y felices. Pensaste que ese momento
seria eterno. Pero te equivocaste. Nos equivocamos. Nunca imaginaste que aquel momento
desaparecía sin dejar ningún rastro y
sin dar ninguna explicación. Deseamos hacer lo correcto, pero al intentarlo
fallamos. Y ahora, mírate, estas tan llena de vacíos. Ya no te reconozco. Y a
la vez no me reconozco ni a mí mismo.
Cuento de un escritor anónimo.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Negativo
Traición
Amarga canción
Confusión
Para perder la razón
Tristeza
Metida en la cabeza
Enojo
Entre ojo y ojo
Soledad
Sin edad
Pesimismo
Profundo abismo
Rencor
No hay nada peor
Ira
Empuja y tira
Y lo bueno?
No, eso no.
Amarga canción
Confusión
Para perder la razón
Tristeza
Metida en la cabeza
Enojo
Entre ojo y ojo
Soledad
Sin edad
Pesimismo
Profundo abismo
Rencor
No hay nada peor
Ira
Empuja y tira
Y lo bueno?
No, eso no.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Max Libérum, El Desamor
El Desamor da pasos seguros dentro de mi
y transita inefable por mis jardines.
Toca mi puerta
cada noche en que no duermo
(o sea todos los días)
Me dice: que la alegría no existe
que no es mas que un momento de distracción,
un instante que se desvanece.
El desamor florece dentro de mi.
Me declaro estúpido
por regarlo a diario.
Pero admito,
que sin el moriría.
Admito,
que soy el Desamor en vida.
Max Libérum, El Desamor
Caídas de Christian Silva
En el gélido abrazo del rio
Sonríen lívidas las piedras infinitas
Mas no es casualidad que el viento tibio,
como de costumbre olvide,
mientras el vestigio grita.
Sus rostros permanecían
Sólidos y calmados como ayer, a la misma hora.
Una hoja del Arce más alto caía
a lo más profundo de la casualidad;
sobre aquella roca.
El reloj marcó un eco paralizante
Son las doce AM.
Al próximo día todo sigue como siempre,
Mas ya nada es igual,
El verso cae como aquella hoja
Y se vuelve a levantar.
Christian Silva, Caídas
jueves, 29 de noviembre de 2012
Existir es fácil, vivir no tanto.
Qué triste es la vida de los presos naturales, esos que por
ser como son, están y estarán encarcelados toda su vida.
Ellos no eligieron, ellos no erraron, simplemente tuvieron
la infortuna de toparse con nuestra sociedad avasalladora. Con desgana y
tristeza se pasean de un lado a otro en su diminuta celda. Fueron privados de
su naturaleza, de sus cualidades inherentes, ya no pueden correr, ni volar, ni
contemplar, si es que alguna vez pudieron.
Ojos afligidos, te entiendo y sufro contigo. Yo quiero ser
viento y tu quieres ser libre, sin embargo, aquí nos tienen, tú en tu jaula y
yo en mi ciudad.
Levántate. Te invito a mis sueños, allí donde aún no se
entrometen, y podemos estar juntos, tú corriendo por la pradera y yo
acariciando tu frente.
Qué triste es la vida de los presos naturales, reprimidos en
sus cárceles denominadas zoológicos.
No me produce lógica esta “civilización”…
Cuento escrito por un autor anónimo.
sábado, 24 de noviembre de 2012
Que época más primitiva... Por Julia Sepúlveda
Dúo-décimo viaje. Para combinar, escogió 2012, "La época de los esclavos inalámbricos", y una fecha aleatoria, que resultó ser el 6 de mayo. El movimiento caótico que antes se apreciaba por la ventana pasó a ser un ordenado y comprensible paisaje. La voz de la computadora resonó por toda la cabina "La nave a aterrizado con éxito. Por favor, siga las instrucciones que se pueden leer en la pantalla principal". Tal cómo se le indicó, el pasajero leyó las instrucciones y cumplió con ellas. Ya las había leído doce veces, pero la computadora lo conocía lo suficientemente bien como para saber que ya se le olvidarían.
Seleccionó al primer humano que pasó cerca de la invisible e intangible nave y le disparó un chip que se adentraría en su sangre, llegaría hasta el cerebro y le permitiría a él ver, escuchar, oler, saborear y sentir lo mismo que aquel hombre. El hombre era peculiarmente pequeño. La computadora le había dicho que se llamaban "niños". Qué época más primitiva... En fin, no se debía desconcentrar. Siguió atentamente cada paso que el hombre pequeño daba. Anotó cada error, cada falla que pudo encontrar en su sistema. Intentó hacerse una idea de como funcionaba la sociedad en aquel año, y no le costó nada descubrir porqué los llamaban esclavos inalámbricos. Ver todo eso siempre lo hacía sentirse muy orgulloso de su época.
Terminó justo antes de que la máquina le indicase que su hora de trabajo acababa. Ahora, volvía a casa, con su mujer, sus hijos y la G-556 Platinium. Estaba muy orgulloso de la G-556 Platinium, pues, además de vestirlos, cepillarle los dientes, cocinarles, enseñarles y las otras típicas tareas que hacían todas las casas desde hace ya un milenio, la G-556 Platinium usaba la electricidad que ella misma extraía de las estrellas cercanas, razón por la cual él ahorraba mucho.
Cuando el hombre regresó a casa y pisó la tierra, un chip le llegó al cuello. Él no lo sintió, claro. El chip se adentró en su sangre, llegó hasta su cerebro y le permitió a otro viajero del tiempo, uno que provenía de un futuro más lejano aún, conocer y anotar todos los fallos del sistema de la época conocida como "La época de los esclavos de las máquinas".
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Sonnet de Florent Zemmouche
C’est assis dans mon calme et paisible jardin,
Condamné au repos pour un temps incertain,
Que laborieusement mais certainement
Je médite à propos d’un constat accablant.
Arrivant bien plus vite que ce que l’on croit,
Un sentiment de nostalgie nous envahit.
C’est bien le regret qui de jour en jour s’accroît,
Nous n’avons ni marche arrière ni autre vie.
Songer du passé passé, vaine activité
Gare à l’oublier ; sulfureux le châtiment
Me dévorera lors de mon égarement.
Déconcerté, désespéré, désemparé,
Je comprends qu’à peu près tout et rien reste à faire ;
Notre beau passage sur terre est éphémère.
Albacora, Anonimo
Yo siempre había mirado esas calcomanías. Me
atraían sus formas, sus colores y sobretodo sus animales. Les inventaba
historias; la calcomanía de la medusa siempre era la mujer, se enamoraba del
tiburón pero la ballena se interponía en su amorío, estaba celosa. Así, aquellas figuritas me acompañaron mucho
tiempo, hasta en días de lluvia, cuando las gotitas escurrían al borde y
siempre me preocupaba de que se despegaran. Nunca ocurrió. Hasta el día de hoy
siguen ahí. Cuando las miro, siempre me adentro en un mar de recuerdos, con
nostalgia, extrañando esa inocencia compaginada con la piel, podía entender el
mundo a mí manera, podía haber seguido la historia de la medusa y el tiburón.
Un día, mi madre me trajo otra calcomanía, más cara
esta vez, tenía brillantinas y era más grande que las otras. El animal que
tenía era lo más hermoso que había visto jamás, una especie de delfín azul con
un cuerno de unicornio ( por ese entonces adoraba también aquellos animales
inexistentes ) y que ilustraba nadando gloriosamente en un fondo de mar oscuro.
-
¿ Qué animal es ese mamá ? Es hermoso.
-
Se llama pez espada.
Pez espada. Su nombre calzaba a la perfección.
Probablemente era un pariente lejano del unicornio y que la mitología por una
razón desconocida no me lo había querido mostrar antes. Y así miraba al pez
espada, heroico en mi ventana, refregándome con melancolía que jamás lo iba a
conocer, puesto que yo pensaba que era mitológico, inexistente, ya que una
belleza tan grande no podía estar presente en el reino animal cotidiano.
La comida siempre fue algo que me agradó demasiado,
sobretodo el pescado. Gozaba comerlo con mucho jugo de limón y ensalada verde.
Mi papá había comenzado a trabajar en un restaurant, y traía a la casa mucho
pescado, así que comía como nunca antes.
-
Es raro este pescado… Tiene un sabor diferente,
pero es rico igual, dije masticando mi comida.
-
Es albacora, tiene una contextura diferente, quizá
sea eso, contestó mi papá.
Y así siguió trayendo aquél pescado, cocinándolo de
múltiples formas.
Me había comprado una imagen para colorear del pez
espada, lo pinté con mis acuarelas y lo miraba muy seguido.
Esa noche, estábamos cenando, se me había olvidado
que llevaba el dibujo conmigo y lo dejé sobre la mesa, aproveché entonces de
mostrárselo a mis papás.
-
Qué lindo, me dijieron
Me sentí orgullosa. Entonces seguí comiendo el
típico plato que ya comenzaba a cansarme un poco…
-
¿No cierto? Que pena que no existan animales así en
este mundo…
Mis padres se miraron atónitos.
-
Pues… sí existe el pez espada querida, no es
mitológico ni nada por el estilo. De hecho…
-
El pez espada y la albacora es lo mismo,
interrumpió mi papá.
No podía creerlo, miré mi plato con asco, llevaba
quizá cuanto tiempo comiéndome el animal que yo más admiraba, que creí
inexistente, que comparé su belleza con la de un unicornio para darme cuenta
que si existía y se servía como plato como tantos otros peces en el mar.
Me eché a llorar.
Y hasta el día de hoy no he vuelto a comer albacora
y sigo sintiendo alguna admiración a aquel extraño y hermoso pez, que pudo
hacerme creer que la belleza no solo está presente en la mitología, sino que
está en frente tuyo, como en un plato de pescado.
martes, 20 de noviembre de 2012
Batalla perdida
“¿Será esa la salida
de nuestra cúpula citadina? Parece que hay otro mundo, se ve todo tan blanco,
se ve todo tan limpio. ¿Cómo llego a esa altura? Quiero ir a ese lugar, a ese
infinito calor. Me duelen los ojos de tanta perfección, me duele la cabeza. ¡La están cerrando! ¡Paren, sucios dioses, no
nos dejen aquí encerrados! ¡Quiero vivir con ustedes! Aquí me asfixio en este
humo gris y sucio. No se lleven nuestra luz. No se lleven nuestra luz. Se está
cerrando el círculo, está siendo tapado por un corcho gigante. Qué pena.
Nuestras horas están contadas. Tal vez se peleen los grandes por el oxigeno, lo
poco que queda… Tengo miedo. Todo está oscuro ahora. ¡Ábrete sésamo! ¡Vamos!
Todos juntos: ¡Empujemos! Ayúdenme.”
Gritó y gritó un niño en la plaza del mercado, mirando un
eclipse con ojos aturdidos y llorosos. Algunos pasaron y ni siquiera miraron,
en cambio a otros les llamó la atención y voltearon algunos segundos.
Un hombre de chaqueta gris, sentado en una banca a un
costado de la plaza, almorzaba con una actitud un tanto apurada. Alcanzaba a
escuchar los alaridos del pequeño, que
poco a poco, comenzaron a agitarlo, hasta que llegaron al punto en que el
hombre se puso de pie y se acercó al niño.
“¡Se llama eclipse
solar, ni hoyo, ni corcho, ni nada! No
significa nada para nadie. Ahora,
¿puedes hacer un poco de silencio en mi poco tiempo libre?”
Sus palabras fueron secas y violentas. El niño quedó pasmado
y una pequeña lágrima brotó en su mejilla.
Y una vez más, la ciencia asesinó a luz pública, una pobre e
inocente imaginación.
Cuento escrito por un autor anónimo.
Palabras Perdidas por Julia Sepúlveda
Del negro espeso que me envolvía
Nacieron palabras perdidas
Y mientras mi cabeza se abría
Se acercaron decididas
Un escalofrío comparable al placer
Pero que sólo traía verdad
Confirmó lo que suelo creer
Ahora con absoluta seguridad
El escalofrío acarreaba palabras
Que mi alma devoraban
Aquellas palabras macabras
Solo la muerte mataban
La muerte se acercó
En su negro envolvente
Y las palabras se llevó
Yace vacía mi mente.
Nacieron palabras perdidas
Y mientras mi cabeza se abría
Se acercaron decididas
Un escalofrío comparable al placer
Pero que sólo traía verdad
Confirmó lo que suelo creer
Ahora con absoluta seguridad
El escalofrío acarreaba palabras
Que mi alma devoraban
Aquellas palabras macabras
Solo la muerte mataban
La muerte se acercó
En su negro envolvente
Y las palabras se llevó
Yace vacía mi mente.
martes, 13 de noviembre de 2012
Cuento anónimo
De lunes a domingo, se levanta de madrugada, a esa hora donde duermen todavía las aves, los arboles, el cielo y los zapatos. Tiene que salir abrigado ya que en el trabajo el viento golpea fuerte contra su pecho. 20 años en el rubro ya acostumbraron a Camilo las dificultades del oficio: el hedor insoportable, el cansancio acumulado y la poca paga.
Camilo siempre supo a lo que se enfrentaba al aceptar el contrato. El trabajo no dignificaba, era visto por otros como un recurso humano, como un número y tal vez, como un simple objeto que tenía que cumplir su función.
Se pasea colgado de un extremo del camión saltando y trepando, subiendo kilos y más kilos de desechos de una sociedad desechable. Él es el encargado de limpiarlos, él es el salvavidas que rescata día a día a la “humanidad” de su auto hacinamiento. Pero un sentimiento desgarrador y nostálgico recorre la espalda de Camilo al lanzar esas interminables bolsas de basura.
Está consciente y presente en la extinción de la raza. Tiene miedo. No sólo en las horas laborales ve basura, ahora, ve en todas partes: en la tele, en los centros comerciales, en las calles, en la gente.
Hacen falta más basureros, piensa Camilo en una noche fría de invierno mirando perdidamente Santiago, la ciudad que no duerme.
Anónimo
domingo, 11 de noviembre de 2012
Penas de Calcetines por Gabriela Atal
Se
ensuciaron, llenos de polvo y arena, cubiertos de polvo y pena, los calcetines.
Mientras los pies corrían, recogían como para entrar al cuerpo todos los
tristes derramados, como para nunca olvidarlos. Esos colores, dolorosos a la
vista, antes de que se quitasen las calcetas, subieron por los tobillos y se
aferraron a las rodillas, ligándolas, no dejándolas así partirse como
acostumbraban para lograr caminar. Entonces no halló más respuesta que
tomarlos, con la uña del dedo pulgar tocando fríamente la piel abrigada en la
prenda, y, al otro lado del elástico que encadenaba en tobillo, la yema del índice esperaba impaciente la
pronta orden del cerebro. Cuando llegó, como una serpiente y su antigua piel,
el pie y el calcetín se separaron, dijeron adiós, y no pensaron en amor, y no
lloraron, solo agitaron de un lado a otro sus manos abiertas; un fácil adiós
universal. Pensó resuelto el ardor de la suciedad impregnada en esos trapos de
algodón; partiría junto a ellos, pensó. Pero sus rodillas seguían sin caminar,
y las sienes intentaban eliminar la desesperación de los ojos, pero solo
conseguían contraerse, imitando al cuerpo completo, de un poco más abajo.
Subieron los colores y se despegaron de las articulaciones que separan
rigurosamente la pierna en dos. Rió una y mil veces, al sentir sus piernas
llenas de vida, juntó las manos victoriosamente, para hacer su aspecto de
gloria un poco más creíble. Anduvo por las calles de su futuro, descubriendo
antes de tiempo lo que posiblemente le esperaba, jugó unánime con todas las
almas, cantó popularidad irrevocable, y fue exteriormente feliz. Fue para todos
un feliz, fue para él, un feliz de todos, el más feliz según otros criterios,
que no le eran propios. Y nunca logró entender que el detergente no lava penas
de calcetines, nunca descubrió que el morado se anidó en su estómago, y formó
familia multicolor, y que sus lágrimas se acumularon en la garganta.
Raíz por Natacha Leroy
A Martina le gustaba irse en el segundo asiento del bus. Le gustaba mirar por la ventana los árboles que pasaban dibujando figuras rápidas y abstractas, le gustaba mirar el sol en los días calurosos, pero sobretodo le gustaba soñar con los ojos abiertos. Martina estaba enamorada de un árbol. Casi siempre que mencionaba esto, sus amigas reían a carcajadas, claro está que no era usual en su grupo de amigas ni en ninguna niña de su edad amar a un árbol, pero ella lo amaba. Solía dibujarlo en su croquera, le ponía bonitos colores con sus crayones azules y morados, haciendo algo un poco fovista en el coloreado.
Su cabeza rebotaba mientras el bus escolar avanzaba por las largas calles en esas madrugadas en las que uno solamente quisiera quedarse mirando las nubes. Claro que Martina lo hacía en su trayecto, ningún segundo desperdiciado en su onírico viaje a través del espejo de vidrio.
Las vacaciones llegaron. Martina se quedaba sola en su casa ya que papá y mamá trabajaban en una larga jornada, solamente estaba su nana quién veía teleseries todo el día y se robaba a su gato para estrujarlo como una esponja. Decidió un día de un sol enorme, con nubes dibujando pequeños animales volátiles y dulces, ir a visitar el preciado árbol, pero no le dijo a nadie para que no se burlasen de su amor secreto.
Caminó un largo tiempo por diversas calles, intentando recordar el trayecto del furgón, creía que iba por buen camino así que apuró el paso radiante de energía, sonriéndole al cielo y al pasto verde que solía mirarla. Se estaba poniendo de noche y Martina no encontraba el árbol. Decidió preguntarle a un señor calvo que parecía simpático. Disculpe señor, ¿sabe usted dónde está el árbol más bonito del mundo? El hombre la miró con aire sorprendido y soltó una risa que le retumbó a Martina en sus redondas mejillas. ¿El árbol más bonito del mundo? Pero niña, sí mira todos esos árboles de la calle, puedo escoger cualquiera, son todos iguales… Martina tenía lágrimas en los ojos, ella sabía que no era así e insistió al caballero el cual se estaba comenzando a hartar de la pequeña. La noche apareció junto con el paso del señor que se alejaba lentamente luego de sentirse muy fastidiado y sin responder la pregunta de la niña…
Martina no sabía donde estaba, ella quería ver al árbol, quería tener una oportunidad de abrazarlo o verlo de cerca, que no fuese por su ventana del segundo asiento del bus. Le comenzó a dar sueño y se recostó en el pasto mullido que amablemente la acogió. Al día siguiente, Martina sintió dentro de ella un líquido espeso, un calor estremecedor y una rigidez increíble. Abrió los ojos y vio la calle desde más altura. Se pellizcó el brazo, salió savia. Era un árbol.
Su cabeza rebotaba mientras el bus escolar avanzaba por las largas calles en esas madrugadas en las que uno solamente quisiera quedarse mirando las nubes. Claro que Martina lo hacía en su trayecto, ningún segundo desperdiciado en su onírico viaje a través del espejo de vidrio.
Las vacaciones llegaron. Martina se quedaba sola en su casa ya que papá y mamá trabajaban en una larga jornada, solamente estaba su nana quién veía teleseries todo el día y se robaba a su gato para estrujarlo como una esponja. Decidió un día de un sol enorme, con nubes dibujando pequeños animales volátiles y dulces, ir a visitar el preciado árbol, pero no le dijo a nadie para que no se burlasen de su amor secreto.
Caminó un largo tiempo por diversas calles, intentando recordar el trayecto del furgón, creía que iba por buen camino así que apuró el paso radiante de energía, sonriéndole al cielo y al pasto verde que solía mirarla. Se estaba poniendo de noche y Martina no encontraba el árbol. Decidió preguntarle a un señor calvo que parecía simpático. Disculpe señor, ¿sabe usted dónde está el árbol más bonito del mundo? El hombre la miró con aire sorprendido y soltó una risa que le retumbó a Martina en sus redondas mejillas. ¿El árbol más bonito del mundo? Pero niña, sí mira todos esos árboles de la calle, puedo escoger cualquiera, son todos iguales… Martina tenía lágrimas en los ojos, ella sabía que no era así e insistió al caballero el cual se estaba comenzando a hartar de la pequeña. La noche apareció junto con el paso del señor que se alejaba lentamente luego de sentirse muy fastidiado y sin responder la pregunta de la niña…
Martina no sabía donde estaba, ella quería ver al árbol, quería tener una oportunidad de abrazarlo o verlo de cerca, que no fuese por su ventana del segundo asiento del bus. Le comenzó a dar sueño y se recostó en el pasto mullido que amablemente la acogió. Al día siguiente, Martina sintió dentro de ella un líquido espeso, un calor estremecedor y una rigidez increíble. Abrió los ojos y vio la calle desde más altura. Se pellizcó el brazo, salió savia. Era un árbol.
Un jeudi soir por Danae Fernandez (Autora Invitada)
Un jeudi soir.
Il avait 33 ans. Bientôt 34, mais il ne le savait plus. Il avait cessé de compter les jours. Il ne savait pas non plus quelle heure il était. Il savait seulement que la sienne arrivait lentement, mais trop vite á son gout.
Il avait 33 ans. Bientôt 34, mais il ne le savait plus. Il avait cessé de compter les jours. Il ne savait pas non plus quelle heure il était. Il savait seulement que la sienne arrivait lentement, mais trop vite á son gout.
Il se regardait mourir dans le seul bout de miroir qui restait dans la pièce... Le seul bout qu’il n’avait pas détruit d’un coup de poing la veille, après recevoir la mauvaise nouvelle.
Ses yeux, autrefois verts au soleil, étaient gris depuis un certain temps. Mais depuis hier soir, ils étaient gonflés par les larmes, rougis par la haine, mouillés de désespoir.
Sa bouche tremblait de fatigue. Il n’avait pas dormi de la nuit. Il ne voulait pas perdre le peu de temps de vie qui lui restait. En regardant ses mains tremblantes, un sentiment de peur l’envahit. Il dut s’asseoir.
Un homme de 33 ans, autrefois heureux, autrefois beau, était là, assis par terre, dans une pièce plongée dans le noir, le visage enfoui dans ses mains pour qu’elles arrêtent de trembler, et empêchent ses larmes de couler.
Des bruits de pas au bout du couloir le firent sursauter, puis une sensation de chaleur lui brulait la nuque, les mains, les yeux. Le nœud qui se forma dans son ventre remontait lentement vers la gorge, l’étouffant. Il se leva. C’était le moment et il le savait. Il essuya ses larmes avec la manche de son uniforme.
Il s’approcha des barreaux de sa cellule. Il devait se comporter en homme face à la mort. Personne, ni même sa famille, convaincue de son innocence depuis toujours, devait savoir la terreur qui régnait en lui.
Il ferma les yeux, se soutenant aux longues tiges de fer qui le tenaient prisonnier depuis trop longtemps, et il pensa à son fils, sa femme, ses amis. D’heureux souvenirs prenaient place dans son esprit, avec comme bruit de fond, les pas de la mort qui s’approchaient de lui peu à peu.
Il était sur le point de sourire, submergé dans son passé, lorsque une lumière l’éblouit brusquement.
Il fit un pas en arrière, en essayant de récupérer la vue. Puis il entendit le bruit d’une porte qui s’ouvrait... mais ce bruit était loin. Pendant un instant il crut que son corps et son âme ce séparaient. Il n’arrivait pas à croire qu’il allait mourir avant son exécution, il eut peur de ne pas pouvoir prononcer ses derniers mots, destinés à sa famille. Son souffle s’accéléra.
Sa vue revenait et il put distinguer un autre homme, dans le même uniforme que lui, escorté par quatre policiers, juste en face de lui.
Ce n’était pas lui qui allait mourir ce soir-là, non, mais cette découverte ne le soulageait pas moins. Il était fatigué d’attendre la fin de ses jours dans le couloir de la mort. Pourtant, il n’avait pas le choix.
Au milieu de la route 66, le même jeudi pluvieux du mois de novembre, vers 2h du matin, une voiture grise, fars allumés, s’est arrêtée.
A l’intérieur, une jeune femme brune, la trentaine. Elle coupa le contact et s’effondra entièrement sur le volant, ce qui le fit klaxonner. Elle sursauta brusquement en serrant les dents, et donna un violent coup de poing en face d’elle : la radio s’alluma. La main endolorie, les yeux larmoyants, elle baissa le petit miroir au-dessus d’elle et se regarda un instant en silence. La tension dans la voiture était presque palpable.
La jeune brune ferma les yeux. Elle avait froid à présent. Le grésillement monotone émis par la radio, surement cassée, l’agaçait. Elle voulait du silence, être seule. C’était pour cette raison qu’elle était là, au milieu de nulle part, dans le noir : ici elle recherchait une sensation qu’elle ressentait tous les jours depuis un certain temps.
Elle inspira profondément, allait mettre les clés sur le contact quand soudain, parmi les grésillements, surgit un murmure, celui de Gainsbourg. « Tu te souviens des jours heureux et tu pleures... » Ses mains lâchèrent les clés, des larmes coulèrent le long de ses joues. Le regard perdu dans le vide, elle pleurait. Son corps secoué par les sanglots, la douleur installée sur son visage, elle essayait de se calmer, en vain.
On entendait la pluie tomber sur le capot, ce bourdonnement permanent éclipsait presque la douce mélodie qui l’anéantissait. « Comme dit si bien Verlaine au vent mauvais, je suis venu te dire que je m’en vais. » Le nœud qu’elle avait maintenant à la gorge l’empêchait de respirer, ses yeux bleus, aveuglés par les larmes, ne voyaient plus rien.
Ses lèvres mouillées tremblaient, tout comme ses mains. Elle hésitât un instant, « Tu suffoques tu blêmis à présent qu’a sonnée l’heure... », Entrouvrit doucement la boite à gants, laissant apparaitre un revolver noir qu’elle saisit de ses deux mains prudemment.
Elle inspira profondément pour une dernière fois avant de percer le silence d’un coup de feu et l’obscurité d’un éclair.
« Des adieux à jamais, oui je suis au regret, de te dire que je m’en vais... »
Ses yeux, autrefois verts au soleil, étaient gris depuis un certain temps. Mais depuis hier soir, ils étaient gonflés par les larmes, rougis par la haine, mouillés de désespoir.
Sa bouche tremblait de fatigue. Il n’avait pas dormi de la nuit. Il ne voulait pas perdre le peu de temps de vie qui lui restait. En regardant ses mains tremblantes, un sentiment de peur l’envahit. Il dut s’asseoir.
Un homme de 33 ans, autrefois heureux, autrefois beau, était là, assis par terre, dans une pièce plongée dans le noir, le visage enfoui dans ses mains pour qu’elles arrêtent de trembler, et empêchent ses larmes de couler.
Des bruits de pas au bout du couloir le firent sursauter, puis une sensation de chaleur lui brulait la nuque, les mains, les yeux. Le nœud qui se forma dans son ventre remontait lentement vers la gorge, l’étouffant. Il se leva. C’était le moment et il le savait. Il essuya ses larmes avec la manche de son uniforme.
Il s’approcha des barreaux de sa cellule. Il devait se comporter en homme face à la mort. Personne, ni même sa famille, convaincue de son innocence depuis toujours, devait savoir la terreur qui régnait en lui.
Il ferma les yeux, se soutenant aux longues tiges de fer qui le tenaient prisonnier depuis trop longtemps, et il pensa à son fils, sa femme, ses amis. D’heureux souvenirs prenaient place dans son esprit, avec comme bruit de fond, les pas de la mort qui s’approchaient de lui peu à peu.
Il était sur le point de sourire, submergé dans son passé, lorsque une lumière l’éblouit brusquement.
Il fit un pas en arrière, en essayant de récupérer la vue. Puis il entendit le bruit d’une porte qui s’ouvrait... mais ce bruit était loin. Pendant un instant il crut que son corps et son âme ce séparaient. Il n’arrivait pas à croire qu’il allait mourir avant son exécution, il eut peur de ne pas pouvoir prononcer ses derniers mots, destinés à sa famille. Son souffle s’accéléra.
Sa vue revenait et il put distinguer un autre homme, dans le même uniforme que lui, escorté par quatre policiers, juste en face de lui.
Ce n’était pas lui qui allait mourir ce soir-là, non, mais cette découverte ne le soulageait pas moins. Il était fatigué d’attendre la fin de ses jours dans le couloir de la mort. Pourtant, il n’avait pas le choix.
Au milieu de la route 66, le même jeudi pluvieux du mois de novembre, vers 2h du matin, une voiture grise, fars allumés, s’est arrêtée.
A l’intérieur, une jeune femme brune, la trentaine. Elle coupa le contact et s’effondra entièrement sur le volant, ce qui le fit klaxonner. Elle sursauta brusquement en serrant les dents, et donna un violent coup de poing en face d’elle : la radio s’alluma. La main endolorie, les yeux larmoyants, elle baissa le petit miroir au-dessus d’elle et se regarda un instant en silence. La tension dans la voiture était presque palpable.
La jeune brune ferma les yeux. Elle avait froid à présent. Le grésillement monotone émis par la radio, surement cassée, l’agaçait. Elle voulait du silence, être seule. C’était pour cette raison qu’elle était là, au milieu de nulle part, dans le noir : ici elle recherchait une sensation qu’elle ressentait tous les jours depuis un certain temps.
Elle inspira profondément, allait mettre les clés sur le contact quand soudain, parmi les grésillements, surgit un murmure, celui de Gainsbourg. « Tu te souviens des jours heureux et tu pleures... » Ses mains lâchèrent les clés, des larmes coulèrent le long de ses joues. Le regard perdu dans le vide, elle pleurait. Son corps secoué par les sanglots, la douleur installée sur son visage, elle essayait de se calmer, en vain.
On entendait la pluie tomber sur le capot, ce bourdonnement permanent éclipsait presque la douce mélodie qui l’anéantissait. « Comme dit si bien Verlaine au vent mauvais, je suis venu te dire que je m’en vais. » Le nœud qu’elle avait maintenant à la gorge l’empêchait de respirer, ses yeux bleus, aveuglés par les larmes, ne voyaient plus rien.
Ses lèvres mouillées tremblaient, tout comme ses mains. Elle hésitât un instant, « Tu suffoques tu blêmis à présent qu’a sonnée l’heure... », Entrouvrit doucement la boite à gants, laissant apparaitre un revolver noir qu’elle saisit de ses deux mains prudemment.
Elle inspira profondément pour une dernière fois avant de percer le silence d’un coup de feu et l’obscurité d’un éclair.
« Des adieux à jamais, oui je suis au regret, de te dire que je m’en vais... »
domingo, 4 de noviembre de 2012
"En mi mente..." por Julia Sepulveda
En mi mente suenan como campanas
Gritos y quejas vanas,
Por todos lados rondan remordimientos,
Que no me causan si no sufrimiento.
Entre ellos reside la ira,
Que desde siempre contra mí conspira:
Algún día, junto a la tristeza,
Se ocupará de destruir mi cabeza.
La pereza en fatiga está disfrazada,
Razón por la cual no ha sido encontrada.
En la guerra no ha estado involucrada;
Se dice que se encuentra cansada.
Mis defensores yacen heridos.
Y de luchar están impedidos.
Fueron en algún lugar escondidos,
Ahora sólo como un mito son conocidos.
La estrategia nos dejaría por delante,
Pero en esta batalla no es importante:
Se sabe que el conocimiento
No le hace frente al sentimiento.
Me pregunto si podré ver
Al que será mi salvador,
¿O acaso es mi deber
el de cumplir esa labor?
Gritos y quejas vanas,
Por todos lados rondan remordimientos,
Que no me causan si no sufrimiento.
Entre ellos reside la ira,
Que desde siempre contra mí conspira:
Algún día, junto a la tristeza,
Se ocupará de destruir mi cabeza.
La pereza en fatiga está disfrazada,
Razón por la cual no ha sido encontrada.
En la guerra no ha estado involucrada;
Se dice que se encuentra cansada.
Mis defensores yacen heridos.
Y de luchar están impedidos.
Fueron en algún lugar escondidos,
Ahora sólo como un mito son conocidos.
La estrategia nos dejaría por delante,
Pero en esta batalla no es importante:
Se sabe que el conocimiento
No le hace frente al sentimiento.
Me pregunto si podré ver
Al que será mi salvador,
¿O acaso es mi deber
el de cumplir esa labor?
jueves, 1 de noviembre de 2012
Introducción al Blog
Bueno, comenzaremos entonces en introducirnos:
Somos un grupo de alumnos del liceo Saint Antoine de Saint-Exupéry de Santiago de Chile. Juntos formamos parte de la revista que se pública anualmente en este colegio. La idea de este blog es expandir de cierta forma la revista literaria para que no sea solo una instancia por año para publicar textos. Aquí se subirán cuentos, poemas, en fin todo tipo de textos literarios para que sean leídos por ustedes, obviamente, esperando que los comenten para ayudarnos a perfeccionar nuestro estilo y seguir así. Esperamos de esta manera fomentar la literatura y lograr así un "Espacio Literario". ¡Disfruten!
Somos un grupo de alumnos del liceo Saint Antoine de Saint-Exupéry de Santiago de Chile. Juntos formamos parte de la revista que se pública anualmente en este colegio. La idea de este blog es expandir de cierta forma la revista literaria para que no sea solo una instancia por año para publicar textos. Aquí se subirán cuentos, poemas, en fin todo tipo de textos literarios para que sean leídos por ustedes, obviamente, esperando que los comenten para ayudarnos a perfeccionar nuestro estilo y seguir así. Esperamos de esta manera fomentar la literatura y lograr así un "Espacio Literario". ¡Disfruten!
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