martes, 13 de noviembre de 2012

Cuento anónimo







De lunes a domingo, se levanta de madrugada, a esa hora donde duermen todavía las aves, los arboles, el cielo y los zapatos. Tiene que salir abrigado ya que en el trabajo el viento golpea fuerte contra su pecho. 20 años en el rubro ya acostumbraron a Camilo las dificultades del oficio: el hedor insoportable, el cansancio acumulado y la poca paga.
Camilo siempre supo a lo que se enfrentaba al aceptar el contrato. El trabajo no dignificaba, era visto por otros como un recurso humano, como un número y tal vez, como un simple objeto que tenía que cumplir su función.
Se pasea colgado de un extremo del camión saltando y trepando, subiendo kilos y más kilos de desechos de una sociedad desechable. Él es el encargado de limpiarlos, él es el salvavidas que rescata día a día a la “humanidad” de su auto hacinamiento. Pero un sentimiento desgarrador y nostálgico recorre la espalda de Camilo al lanzar esas interminables bolsas de basura.
Está consciente y presente en la extinción de la raza. Tiene miedo.  No sólo en las horas laborales ve basura, ahora, ve en todas partes: en la tele, en los centros comerciales, en las calles, en la gente.
Hacen falta más basureros, piensa Camilo en una noche fría de invierno mirando perdidamente Santiago, la ciudad que no duerme.


Anónimo 

1 comentario:

  1. Me gustó mucho el cuento, la última oración es un buenisimo remate (por decirlo así, porque en realiad no sé como se dice), me dejó pensando...

    ResponderEliminar