jueves, 29 de noviembre de 2012

Existir es fácil, vivir no tanto.


Qué triste es la vida de los presos naturales, esos que por ser como son, están y estarán encarcelados toda su vida.
Ellos no eligieron, ellos no erraron, simplemente tuvieron la infortuna de toparse con nuestra sociedad avasalladora. Con desgana y tristeza se pasean de un lado a otro en su diminuta celda. Fueron privados de su naturaleza, de sus cualidades inherentes, ya no pueden correr, ni volar, ni contemplar, si es que alguna vez pudieron.
Ojos afligidos, te entiendo y sufro contigo. Yo quiero ser viento y tu quieres ser libre, sin embargo, aquí nos tienen, tú en tu jaula y yo en mi ciudad.
Levántate. Te invito a mis sueños, allí donde aún no se entrometen, y podemos estar juntos, tú corriendo por la pradera y yo acariciando tu frente.
Qué triste es la vida de los presos naturales, reprimidos en sus cárceles denominadas zoológicos.
No me produce lógica esta “civilización”… 



Cuento escrito por un autor anónimo. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Que época más primitiva... Por Julia Sepúlveda


  Dúo-décimo viaje. Para combinar, escogió 2012, "La época de los esclavos inalámbricos", y una fecha aleatoria, que resultó ser el 6 de mayo. El movimiento caótico que antes se apreciaba por la ventana pasó a ser un ordenado y comprensible paisaje. La voz de la computadora resonó por toda la cabina "La nave a aterrizado con éxito. Por favor, siga las instrucciones que se pueden leer en la pantalla principal". Tal cómo se le indicó, el pasajero leyó las instrucciones y cumplió con ellas. Ya las había leído doce veces, pero la computadora lo conocía lo suficientemente bien como para saber que ya se le olvidarían.

Seleccionó al primer humano que pasó cerca de la invisible e intangible nave y le disparó un chip que se adentraría en su sangre, llegaría hasta el cerebro y le permitiría a él ver, escuchar, oler, saborear y sentir lo mismo que aquel hombre. El hombre era peculiarmente pequeño. La computadora le había dicho que se llamaban "niños". Qué época más primitiva... En fin, no se debía desconcentrar. Siguió atentamente cada paso que el hombre pequeño daba. Anotó cada error, cada falla que pudo encontrar en su sistema. Intentó hacerse una idea de como funcionaba la sociedad en aquel año, y no le costó nada descubrir porqué los llamaban esclavos inalámbricos. Ver todo eso siempre lo hacía sentirse muy orgulloso de su época.

Terminó justo antes de que la máquina le indicase que su hora de trabajo acababa. Ahora, volvía a casa, con su mujer, sus hijos y la G-556 Platinium. Estaba muy orgulloso de la G-556 Platinium, pues,  además de vestirlos, cepillarle los dientes, cocinarles, enseñarles y las otras típicas tareas que hacían todas las casas desde hace ya un milenio, la G-556 Platinium usaba la electricidad que ella misma extraía de las estrellas cercanas, razón por la cual él ahorraba mucho.

Cuando el hombre regresó a casa y pisó la tierra, un chip le llegó al cuello. Él no lo sintió, claro. El chip se adentró en su sangre, llegó hasta su cerebro y le permitió a otro viajero del tiempo, uno que provenía de un futuro más lejano aún, conocer y anotar todos los fallos del sistema de la época conocida como  "La época de los esclavos de las máquinas".

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sonnet de Florent Zemmouche


C’est assis dans mon calme et paisible jardin,
Condamné au repos pour un temps incertain,
Que laborieusement mais certainement
Je médite à propos d’un constat accablant.

Arrivant bien plus vite que ce que l’on croit,
Un sentiment de nostalgie nous envahit.
C’est bien le regret qui de jour en jour s’accroît,
Nous n’avons ni marche arrière ni autre vie.

Songer du passé passé, vaine activité
Gare à l’oublier ; sulfureux le châtiment
Me dévorera lors de mon égarement.

Déconcerté, désespéré, désemparé,
Je comprends qu’à peu près tout et rien reste à faire ;
Notre beau passage sur terre est éphémère.

Albacora, Anonimo

Yo siempre había mirado esas calcomanías. Me atraían sus formas, sus colores y sobretodo sus animales. Les inventaba historias; la calcomanía de la medusa siempre era la mujer, se enamoraba del tiburón pero la ballena se interponía en su amorío, estaba celosa.  Así, aquellas figuritas me acompañaron mucho tiempo, hasta en días de lluvia, cuando las gotitas escurrían al borde y siempre me preocupaba de que se despegaran. Nunca ocurrió. Hasta el día de hoy siguen ahí. Cuando las miro, siempre me adentro en un mar de recuerdos, con nostalgia, extrañando esa inocencia compaginada con la piel, podía entender el mundo a mí manera, podía haber seguido la historia de la medusa y el tiburón.

Un día, mi madre me trajo otra calcomanía, más cara esta vez, tenía brillantinas y era más grande que las otras. El animal que tenía era lo más hermoso que había visto jamás, una especie de delfín azul con un cuerno de unicornio ( por ese entonces adoraba también aquellos animales inexistentes ) y que ilustraba nadando gloriosamente en un fondo de mar oscuro.
-         ¿ Qué animal es ese mamá ? Es hermoso.
-         Se llama pez espada.

Pez espada. Su nombre calzaba a la perfección. Probablemente era un pariente lejano del unicornio y que la mitología por una razón desconocida no me lo había querido mostrar antes. Y así miraba al pez espada, heroico en mi ventana, refregándome con melancolía que jamás lo iba a conocer, puesto que yo pensaba que era mitológico, inexistente, ya que una belleza tan grande no podía estar presente en el reino animal cotidiano.

La comida siempre fue algo que me agradó demasiado, sobretodo el pescado. Gozaba comerlo con mucho jugo de limón y ensalada verde. Mi papá había comenzado a trabajar en un restaurant, y traía a la casa mucho pescado, así que comía como nunca antes.

-         Es raro este pescado… Tiene un sabor diferente, pero es rico igual, dije masticando mi comida.
-         Es albacora, tiene una contextura diferente, quizá sea eso, contestó mi papá.

Y así siguió trayendo aquél pescado, cocinándolo de múltiples formas.

Me había comprado una imagen para colorear del pez espada, lo pinté con mis acuarelas y lo miraba muy seguido.
Esa noche, estábamos cenando, se me había olvidado que llevaba el dibujo conmigo y lo dejé sobre la mesa, aproveché entonces de mostrárselo a mis papás.
-         Qué lindo, me dijieron
Me sentí orgullosa. Entonces seguí comiendo el típico plato que ya comenzaba a cansarme un poco…
-         ¿No cierto? Que pena que no existan animales así en este mundo…
Mis padres se miraron atónitos.
-         Pues… sí existe el pez espada querida, no es mitológico ni nada por el estilo. De hecho…
-         El pez espada y la albacora es lo mismo, interrumpió mi papá.
No podía creerlo, miré mi plato con asco, llevaba quizá cuanto tiempo comiéndome el animal que yo más admiraba, que creí inexistente, que comparé su belleza con la de un unicornio para darme cuenta que si existía y se servía como plato como tantos otros peces en el mar.
Me eché a llorar.


Y hasta el día de hoy no he vuelto a comer albacora y sigo sintiendo alguna admiración a aquel extraño y hermoso pez, que pudo hacerme creer que la belleza no solo está presente en la mitología, sino que está en frente tuyo, como en un plato de pescado.

martes, 20 de noviembre de 2012

Batalla perdida

“¿Será esa la salida de nuestra cúpula citadina? Parece que hay otro mundo, se ve todo tan blanco, se ve todo tan limpio. ¿Cómo llego a esa altura? Quiero ir a ese lugar, a ese infinito calor. Me duelen los ojos de tanta perfección, me duele la cabeza.  ¡La están cerrando! ¡Paren, sucios dioses, no nos dejen aquí encerrados! ¡Quiero vivir con ustedes! Aquí me asfixio en este humo gris y sucio. No se lleven nuestra luz. No se lleven nuestra luz. Se está cerrando el círculo, está siendo tapado por un corcho gigante. Qué pena. Nuestras horas están contadas. Tal vez se peleen los grandes por el oxigeno, lo poco que queda… Tengo miedo. Todo está oscuro ahora. ¡Ábrete sésamo! ¡Vamos! Todos juntos: ¡Empujemos! Ayúdenme.”  
Gritó y gritó un niño en la plaza del mercado, mirando un eclipse con ojos aturdidos y llorosos. Algunos pasaron y ni siquiera miraron, en cambio a otros les llamó la atención y voltearon algunos segundos.
Un hombre de chaqueta gris, sentado en una banca a un costado de la plaza, almorzaba con una actitud un tanto apurada. Alcanzaba a escuchar los alaridos del pequeño,  que poco a poco, comenzaron a agitarlo, hasta que llegaron al punto en que el hombre se puso de pie y se acercó al niño.
¡Se llama eclipse solar, ni hoyo, ni corcho, ni nada! No significa nada para nadie. Ahora,  ¿puedes hacer un poco de silencio en mi poco tiempo libre?”
Sus palabras fueron secas y violentas. El niño quedó pasmado y una pequeña lágrima brotó en su mejilla.
Y una vez más, la ciencia asesinó a luz pública, una pobre e inocente imaginación.


Cuento escrito por un autor anónimo. 

Palabras Perdidas por Julia Sepúlveda

Del negro espeso que me envolvía
Nacieron palabras perdidas
Y mientras mi cabeza se abría
Se acercaron decididas

Un escalofrío comparable al placer
Pero que sólo traía verdad
Confirmó lo que suelo creer
Ahora con absoluta seguridad

El escalofrío acarreaba palabras
Que mi alma devoraban
Aquellas palabras macabras
Solo la muerte mataban

La muerte se acercó
En su negro envolvente
Y las palabras se llevó
        Yace vacía mi mente.

martes, 13 de noviembre de 2012

Cuento anónimo







De lunes a domingo, se levanta de madrugada, a esa hora donde duermen todavía las aves, los arboles, el cielo y los zapatos. Tiene que salir abrigado ya que en el trabajo el viento golpea fuerte contra su pecho. 20 años en el rubro ya acostumbraron a Camilo las dificultades del oficio: el hedor insoportable, el cansancio acumulado y la poca paga.
Camilo siempre supo a lo que se enfrentaba al aceptar el contrato. El trabajo no dignificaba, era visto por otros como un recurso humano, como un número y tal vez, como un simple objeto que tenía que cumplir su función.
Se pasea colgado de un extremo del camión saltando y trepando, subiendo kilos y más kilos de desechos de una sociedad desechable. Él es el encargado de limpiarlos, él es el salvavidas que rescata día a día a la “humanidad” de su auto hacinamiento. Pero un sentimiento desgarrador y nostálgico recorre la espalda de Camilo al lanzar esas interminables bolsas de basura.
Está consciente y presente en la extinción de la raza. Tiene miedo.  No sólo en las horas laborales ve basura, ahora, ve en todas partes: en la tele, en los centros comerciales, en las calles, en la gente.
Hacen falta más basureros, piensa Camilo en una noche fría de invierno mirando perdidamente Santiago, la ciudad que no duerme.


Anónimo