miércoles, 21 de noviembre de 2012

Albacora, Anonimo

Yo siempre había mirado esas calcomanías. Me atraían sus formas, sus colores y sobretodo sus animales. Les inventaba historias; la calcomanía de la medusa siempre era la mujer, se enamoraba del tiburón pero la ballena se interponía en su amorío, estaba celosa.  Así, aquellas figuritas me acompañaron mucho tiempo, hasta en días de lluvia, cuando las gotitas escurrían al borde y siempre me preocupaba de que se despegaran. Nunca ocurrió. Hasta el día de hoy siguen ahí. Cuando las miro, siempre me adentro en un mar de recuerdos, con nostalgia, extrañando esa inocencia compaginada con la piel, podía entender el mundo a mí manera, podía haber seguido la historia de la medusa y el tiburón.

Un día, mi madre me trajo otra calcomanía, más cara esta vez, tenía brillantinas y era más grande que las otras. El animal que tenía era lo más hermoso que había visto jamás, una especie de delfín azul con un cuerno de unicornio ( por ese entonces adoraba también aquellos animales inexistentes ) y que ilustraba nadando gloriosamente en un fondo de mar oscuro.
-         ¿ Qué animal es ese mamá ? Es hermoso.
-         Se llama pez espada.

Pez espada. Su nombre calzaba a la perfección. Probablemente era un pariente lejano del unicornio y que la mitología por una razón desconocida no me lo había querido mostrar antes. Y así miraba al pez espada, heroico en mi ventana, refregándome con melancolía que jamás lo iba a conocer, puesto que yo pensaba que era mitológico, inexistente, ya que una belleza tan grande no podía estar presente en el reino animal cotidiano.

La comida siempre fue algo que me agradó demasiado, sobretodo el pescado. Gozaba comerlo con mucho jugo de limón y ensalada verde. Mi papá había comenzado a trabajar en un restaurant, y traía a la casa mucho pescado, así que comía como nunca antes.

-         Es raro este pescado… Tiene un sabor diferente, pero es rico igual, dije masticando mi comida.
-         Es albacora, tiene una contextura diferente, quizá sea eso, contestó mi papá.

Y así siguió trayendo aquél pescado, cocinándolo de múltiples formas.

Me había comprado una imagen para colorear del pez espada, lo pinté con mis acuarelas y lo miraba muy seguido.
Esa noche, estábamos cenando, se me había olvidado que llevaba el dibujo conmigo y lo dejé sobre la mesa, aproveché entonces de mostrárselo a mis papás.
-         Qué lindo, me dijieron
Me sentí orgullosa. Entonces seguí comiendo el típico plato que ya comenzaba a cansarme un poco…
-         ¿No cierto? Que pena que no existan animales así en este mundo…
Mis padres se miraron atónitos.
-         Pues… sí existe el pez espada querida, no es mitológico ni nada por el estilo. De hecho…
-         El pez espada y la albacora es lo mismo, interrumpió mi papá.
No podía creerlo, miré mi plato con asco, llevaba quizá cuanto tiempo comiéndome el animal que yo más admiraba, que creí inexistente, que comparé su belleza con la de un unicornio para darme cuenta que si existía y se servía como plato como tantos otros peces en el mar.
Me eché a llorar.


Y hasta el día de hoy no he vuelto a comer albacora y sigo sintiendo alguna admiración a aquel extraño y hermoso pez, que pudo hacerme creer que la belleza no solo está presente en la mitología, sino que está en frente tuyo, como en un plato de pescado.

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