Se
ensuciaron, llenos de polvo y arena, cubiertos de polvo y pena, los calcetines.
Mientras los pies corrían, recogían como para entrar al cuerpo todos los
tristes derramados, como para nunca olvidarlos. Esos colores, dolorosos a la
vista, antes de que se quitasen las calcetas, subieron por los tobillos y se
aferraron a las rodillas, ligándolas, no dejándolas así partirse como
acostumbraban para lograr caminar. Entonces no halló más respuesta que
tomarlos, con la uña del dedo pulgar tocando fríamente la piel abrigada en la
prenda, y, al otro lado del elástico que encadenaba en tobillo, la yema del índice esperaba impaciente la
pronta orden del cerebro. Cuando llegó, como una serpiente y su antigua piel,
el pie y el calcetín se separaron, dijeron adiós, y no pensaron en amor, y no
lloraron, solo agitaron de un lado a otro sus manos abiertas; un fácil adiós
universal. Pensó resuelto el ardor de la suciedad impregnada en esos trapos de
algodón; partiría junto a ellos, pensó. Pero sus rodillas seguían sin caminar,
y las sienes intentaban eliminar la desesperación de los ojos, pero solo
conseguían contraerse, imitando al cuerpo completo, de un poco más abajo.
Subieron los colores y se despegaron de las articulaciones que separan
rigurosamente la pierna en dos. Rió una y mil veces, al sentir sus piernas
llenas de vida, juntó las manos victoriosamente, para hacer su aspecto de
gloria un poco más creíble. Anduvo por las calles de su futuro, descubriendo
antes de tiempo lo que posiblemente le esperaba, jugó unánime con todas las
almas, cantó popularidad irrevocable, y fue exteriormente feliz. Fue para todos
un feliz, fue para él, un feliz de todos, el más feliz según otros criterios,
que no le eran propios. Y nunca logró entender que el detergente no lava penas
de calcetines, nunca descubrió que el morado se anidó en su estómago, y formó
familia multicolor, y que sus lágrimas se acumularon en la garganta.
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