Transantiago. Sistema de transporte público de Santiago.
Micros que no paran, mil y un quejas, subidas de tarifas, empujones, no meta la
mano, sardinas a la hora de salir del trabajo, el infaltable grito ¡la puerta!
Pese a todos estos inconvenientes, me gusta andar en micro. Entre tantos
destinos diferentes y un mismo recorrido, entre aburrimiento y curiosidad, las
miradas se cruzan. Es como si los ojos jugaran a las escondidas y la micro se
transforma en el palacio de las miradas furtivas. Se me escapan las sonrisas
cuando logro pillar a algún pasajero mirando el poto de algún otro, o la ropa,
o leyendo sigilosamente lo que lee él de al lado. Otros, para evitar la
vergüenza o simplemente para librarse a la metafísica, prefieren la mirada de
la ventana. En este palacio, otros, cansados, duermen. Y todo cuerpo va al
mismo ritmo, el va y viene de la ruta, despiertos y durmiendo, todos bailan. A excepción de la señora que se dedica a tapar
el paso. Imponente roca, soldado raso, esta señora se para en la mitad del
pasillo y no deja pasar a nadie. No le importa si la micro esta rebalsando, no,
ella se asegura un lugar estratégico, y no se mueve. Nadie puede con ella,
excepto quizás otra de su tipo. Lucha de titanes. Si logras milagrosamente
vencer al gigante, llegas al fondo de la micro. Todo un antro, ese final. Bar
de artistas, nunca faltan los graffitis y el obrero que infraganti, abre una
cerveza. Puede también que no hayas tenido la suerte de llegar al final donde
se respira, y quedaste atrapado en la mitad del troncal. Si es el caso, puedes
conocer esos personajes que interrumpen el viaje con parche curitas, dulces,
lápices, inciensos, cremas, calendarios, en fin, todo artículo suntuario
imaginable. A veces el encuentro es más alegre, y la micro es ahora un
escenario de artistas emergentes. Imitadores, payasos, mimos, músicos. Cruzo
los dedos para que reciban la recompensa que merecen por un día nómada, una
moneda a veces y quizás una simple sonrisa. La micro es todo un mundo, que de
andar en auto no tendría como conocer. Y cada día el primer suspiro se escapa
cuando llego al paradero, cuando el cemento de la calzada ya es casi invisible,
y como un frondoso bosque solo veo piernas.
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