lunes, 14 de enero de 2013

"Flor", por Gabriela Atal

¿Qué es una flor, al fin?
¿Un pequeño hongo en medio de la suave y homogénea pelusa,
un cuadrado asimétrico
formando el oasis onírico en el jardín que la hace existir?

Flor, cables, piedra
¿Cuántas? 
¿Rusas?, ¿guatemaltecas?

lunes, 7 de enero de 2013

"Pozo" por Julia Sepúlveda


Entonces, empecé a caer. No solo escuché la cuerda romperse, si no que lo sentí. Aunque no podía ver mucho a mi alrededor, supe que todo iba más rápido. Y me asusté.

Me lo habían dicho. Que era peligroso. Que la cuerda era vieja y se podía romper. Pero no pude evitarlo. Se había caído, allí dentro, al pozo, y tenía que ir a rescatarlo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando lanzaron la piedra. Ya pasó media hora desde entonces y todavía no escucho el impacto contra el fondo.

La oscuridad que me rodea es casa vez más angustiante. El circulo de luz que me recordaba que existía un cielo ya es solo un recuerdo. Sé, en lo que es la parte racional de mi cerebro, que solo llevo unos diez segundos cayendo, pero si la parte racional de mi cerebro mandase, no habría bajado aquí en primer lugar.

Cierro los ojos. No me imaginé que moriría así. Como casi toda persona, esperaba vivir. Tal vez yo no esperaba el tradicional vivir, el de estudiar, trabajar y casarse, para luego tener hijos y morir en mi casa rodeada de parientes. Yo esperaba hacerlo todo. Tenía el mundo en mis manos. Esas que sostienen la cuerda que se rompió, como yo sostengo mi esperanza ciega.

Siento que se acerca el fin, como sentí la cuerda romperse. Es como si tuviese que pasar. Por alguna razón, abro los ojos, para verlo. Para ver el fondo acercarse, aunque también sé que no puedo ver nada en este oscuridad. Pero no quiero morir con los ojos cerrados.

Ya son mis últimos segundos de vida, y tal vez debería pensar en mi familia, en mis amigos, en mi vida, pero no puedo. Mis pensamientos se orientan hacia eso. Lo que cayó en el pozo. Moriré por él, pensando en él, tal vez yo sea él. No tengo tiempo como para descubrirlo.

De repente,
Siento el golpe.

domingo, 23 de diciembre de 2012

La Micro por Octavia Fuentes


Transantiago. Sistema de transporte público de Santiago. Micros que no paran, mil y un quejas, subidas de tarifas, empujones, no meta la mano, sardinas a la hora de salir del trabajo, el infaltable grito ¡la puerta! Pese a todos estos inconvenientes, me gusta andar en micro. Entre tantos destinos diferentes y un mismo recorrido, entre aburrimiento y curiosidad, las miradas se cruzan. Es como si los ojos jugaran a las escondidas y la micro se transforma en el palacio de las miradas furtivas. Se me escapan las sonrisas cuando logro pillar a algún pasajero mirando el poto de algún otro, o la ropa, o leyendo sigilosamente lo que lee él de al lado. Otros, para evitar la vergüenza o simplemente para librarse a la metafísica, prefieren la mirada de la ventana. En este palacio, otros, cansados, duermen. Y todo cuerpo va al mismo ritmo, el va y viene de la ruta, despiertos y durmiendo, todos bailan.  A excepción de la señora que se dedica a tapar el paso. Imponente roca, soldado raso, esta señora se para en la mitad del pasillo y no deja pasar a nadie. No le importa si la micro esta rebalsando, no, ella se asegura un lugar estratégico, y no se mueve. Nadie puede con ella, excepto quizás otra de su tipo. Lucha de titanes. Si logras milagrosamente vencer al gigante, llegas al fondo de la micro. Todo un antro, ese final. Bar de artistas, nunca faltan los graffitis y el obrero que infraganti, abre una cerveza. Puede también que no hayas tenido la suerte de llegar al final donde se respira, y quedaste atrapado en la mitad del troncal. Si es el caso, puedes conocer esos personajes que interrumpen el viaje con parche curitas, dulces, lápices, inciensos, cremas, calendarios, en fin, todo artículo suntuario imaginable. A veces el encuentro es más alegre, y la micro es ahora un escenario de artistas emergentes. Imitadores, payasos, mimos, músicos. Cruzo los dedos para que reciban la recompensa que merecen por un día nómada, una moneda a veces y quizás una simple sonrisa. La micro es todo un mundo, que de andar en auto no tendría como conocer. Y cada día el primer suspiro se escapa cuando llego al paradero, cuando el cemento de la calzada ya es casi invisible, y como un frondoso bosque solo veo piernas. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Ocho


¿Te acuerdas de nosotros dos? Fuimos jóvenes y felices. Pensaste que ese momento seria eterno. Pero te equivocaste. Nos equivocamos.  Nunca imaginaste que aquel momento desaparecía sin dejar ningún rastro  y sin dar ninguna explicación. Deseamos hacer lo correcto, pero al intentarlo fallamos. Y ahora, mírate, estas tan llena de vacíos. Ya no te reconozco. Y a la vez no me reconozco ni a mí mismo.  

Cuento de un escritor anónimo. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Negativo

Traición
Amarga canción
Confusión
Para perder la razón
Tristeza
Metida en la cabeza
Enojo
Entre ojo y ojo
Soledad
Sin edad
Pesimismo
Profundo abismo
Rencor
No hay nada peor
Ira
Empuja y tira
Y lo bueno?
No, eso no.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Max Libérum, El Desamor


El Desamor da pasos seguros dentro de mi
y transita inefable por mis jardines.

Toca mi puerta
cada noche en que no duermo
(o sea todos los días)

Me dice: que la alegría no existe
que no es mas que un momento de distracción,
un instante que se desvanece.

El desamor florece dentro de mi.

Me declaro estúpido
por regarlo a diario.

Pero admito,
que sin el moriría.

Admito,
que soy el Desamor en vida.

Max Libérum, El Desamor

Caídas de Christian Silva


En el gélido abrazo del rio
Sonríen lívidas las piedras infinitas
Mas no es casualidad que el viento tibio,
como de costumbre olvide, 
mientras el vestigio grita.

Sus rostros permanecían
Sólidos y calmados como ayer, a la misma hora.
Una hoja del Arce más alto caía
a lo más profundo de la casualidad;
sobre aquella roca.

El reloj marcó un eco paralizante
Son las doce AM.

Al próximo día todo sigue como siempre,
Mas ya nada es igual,
El verso cae como aquella hoja
Y se vuelve a levantar.

Christian Silva, Caídas